La taberna
La taberna Una vez en la calle, Gervaise torció a la izquierda y siguió por la calle Neuve de la Goutte-d’Or. Al pasar por delante de la tienda de la señora Fauconnier, la saludó con una leve inclinación de cabeza. Iba a un lavadero que se hallaba hacia la mitad de la calle, en el sitio en que el adoquinado empezaba a empinarse. Por encima de un edificio llano, tres enormes depósitos de agua, unos cilindros de cinc bien asegurados con pernos, mostraban sus grises redondeces. Detrás, se alzaba el tendedero, una segunda planta muy alta, cerrada por todos los lados con persianas de finas láminas, a través de las cuales corría el aire y se podía ver cómo la ropa tendida en alambres de latón se secaba. A la derecha de los depósitos, el estrecho tubo de la máquina de vapor arrojaba, respirando de forma fuerte y regular, bocanadas de vapor blanco. Gervaise, sin subirse las faldas, como mujer acostumbrada a los charcos, se metió por la puerta que estaba atestada de tinajas de agua jabonosa. Conocía ya a la dueña del lavadero, una pequeña mujercita debilucha, de ojos enfermizos, que se sentaba en su cabina acristalada, en donde tenía llaves delante, pastillas de jabón en anaqueles, bolas de añil en tarros y bolsas de una libra de bicarbonato sódico en paquetes. Gervaise le pidió la paleta y el cepillo, que le guardaba desde la última vez que había ido a lavar. Después de haber cogido su número, entró.