La taberna
La taberna Era un inmenso cobertizo de techo bajo, con las vigas al descubierto, sostenido por pilares de hierro y cerrado por grandes ventanas luminosas. La macilenta luz del día entraba a raudales, impregnando el cálido vaho que flotaba cual neblina lechosa. De algunas partes ascendían nubecillas de vapor que, esparciéndose, cubrían el fondo con un velo azulenco. Caía una humedad pesada, cargada de un desabrido olor a jabón, pegajoso y penetrante. A veces dominaba un fuerte olor a lejía. A lo largo de las pilas del lavadero, a los dos lados del pasillo central, había filas de mujeres con los brazos arremangados hasta el hombro, el cuello desnudo y las faldas recogidas, mostrando medias de color y toscos zapatos. Daban vigorosas paletadas, reían, se echaban hacia atrás para gritar unas palabras en medio de la algarabía, se inclinaban hasta el fondo de sus tinas, procaces, groseras, desmadejadas, empapadas de agua, como si les hubiera caído un chaparrón encima, con las carnes enrojecidas y humeantes. Alrededor y debajo de ellas caía un continuo chorreo: los cubos de agua caliente llevados de acá para allá y vaciados con brío, los grifos abiertos que dejaban correr el agua fría desde lo alto, las salpicaduras de las paletas, el gotear de la ropa aclarada, los charcos en los que ellas chapoteaban y que, formando unos riachuelos, se deslizaban por la pendiente de las baldosas. Y, en medio del griterío, de los golpes acompasados, del ruidoso murmullo de lluvia, de aquel tempestuoso clamor que se apagaba bajo el techo mojado, la máquina de vapor, cubierta de un rocío suave y blanco, jadeaba y rechinaba sin tregua, con la trepidación renqueante de su volante que parecía marcar el ritmo del paleteo.