La taberna
La taberna Gervaise, lentamente, mirando a derecha y a izquierda, recorrÃa el pasillo central. Llevaba el fardo debajo del brazo, sacando la cadera. El ir y venir de las lavanderas que a veces la empujaban hacÃa más perceptible su cojera.
—¡Eh! ¡Por aquÃ, hija! —gritó con su vozarrón la señora Boche.
Desde que la joven, al final del pasillo, a la izquierda, se unió a la portera, ésta, que restregaba enérgicamente un calcetÃn, empezó a hablar sin parar, aunque no abandonó su tarea.
—Póngase ahÃ, le he guardado su sitio… Ya no me queda mucho. Boche apenas ensucia ropa… ¿Y usted? Tampoco tardará mucho, ¿verdad? Veo que su fardo no es muy abultado. Antes de mediodÃa habremos acabado y podremos irnos a comer… Yo solÃa llevarle mi ropa a una lavandera de la calle Poulet, pero me la estropeaba con el cloro y los cepillos. Asà es que me la lavo yo misma. Dinero que me ahorro. Sólo gasto en jabón… ¡Pero bueno, esas camisas tenÃa que haberlas puesto a remojo! ¡Parece mentira que sean tan malos los niños, tienen hollÃn en el culo!
Gervaise habÃa deshecho el fardo y separado las camisas. Como la señora Boche le aconsejara que cogiera un cubo de agua jabonosa, le respondió:
—¡Oh! no, basta con el agua caliente… Tengo experiencia.