La taberna
La taberna Había separado el resto de la ropa, colocando a un lado la de color. Luego, después de haber echado en su tina cuatro cubos de agua fría, que llenó en el grifo que había detrás de ella, puso a remojo la ropa blanca. Se recogió la falda y, colocándosela entre las piernas, se metió en una caja que estaba de pie y que le llegaba a la altura de la cintura.
—¡Se nota que sabe lo que hace! —le dijo la señora Boche—. Usted fue lavandera allá en su tierra, ¿verdad?
Gervaise, con las mangas subidas, dejando al descubierto sus hermosos brazos de mujer rubia, todavía lozanos, que sólo tenían un poco de rojez en los codos, empezó a quitar la mugre de la ropa. Acababa de extender una camisa sobre la estrecha tabla de la pila que estaba desgastada y descolorida por el agua. Le daba jabón, le daba la vuelta, la frotaba por el otro lado. Agarró la paleta y se puso a golpear. Cuando contestó, lo hizo en voz alta, acentuando las frases con golpes fuertes y acompasados.
—Sí, sí, lavandera… A los diez años… Ya hace doce años… Íbamos al río… Allí olía mejor que aquí… Era cosa de ver, había un lugar debajo de los árboles… Donde corría un agua cristalina… En Plassans, ¿sabe?… ¿Conoce usted Plassans… cerca de Marsella?