La taberna

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—¡Caray! —exclamó la señora Boche, maravillada del vigor con que Gervaise paleteaba—. ¡Qué mujer! ¡Con sus delicados brazos sería capaz de batir hierro!

La conversación continuó en voz alta. La portera, como no oía bien, a veces tenía que inclinarse hacia ella. Toda la ropa fue paleteada de firme. Gervaise la volvió a poner a remojo en la tina; luego la fue sacando pieza a pieza para enjabonarla de nuevo. Con una mano aguantaba cada pieza en la pila; con la otra, sirviéndose de un cepillo duro, sacaba unas espumas sucias que caían como unas largas babas. Aprovechando que con el cepillo hacía menos ruido, se arrimaron más y hablaron de manera más íntima.

—No, no estamos casados —prosiguió Gervaise—. No tengo reparo en decirlo. Lantier no es precisamente el tipo de hombre con el que una mujer desea casarse. Si no fuera por los niños, le digo que… Yo tenía catorce años y él dieciocho cuando tuvimos el primero. El otro llegó cuatro años después. Pasó como pasa siempre, ya sabe. Yo no era feliz en mi casa; papá Macquart, por el menor motivo, me molía a palos. Así, claro está, una tiene que buscar la diversión en otra parte… Nos habrían podido casar, pero nuestros padres, no recuerdo ya por qué, no quisieron[7].

Se sacudió la espuma blanca de las manos que se le habían puesto rojas.


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