La taberna
La taberna —¡Qué dura es el agua de París! —dijo.
La señora Boche ya no lavaba con tanto vigor. Se entretenía, empleando cada vez más tiempo en dar jabón, para quedarse allí y enterarse de aquella historia que, desde hacía quince días, se moría de curiosidad por conocer. Tenía la boca medio abierta en su burda cara; sus ojos, saltones, relucían. Pensaba, con la satisfacción de haber acertado:
—O sea que es esto, la chica habla demasiado. Ha habido gresca.
Luego, en voz alta:
—¿Así que no se porta bien?