La taberna
La taberna —No me hable —le respondió Gervaise—. En Plassans era muy bueno conmigo; pero, desde que estamos en ParÃs, no nos entendemos… Tengo que decirle que su madre murió el año pasado y le dejó algún dinero, unos mil setecientos francos. Se le metió en la cabeza venirse a ParÃs. Y como papá Macquart no paraba de darme bofetadas sin más ni más, accedà a venirme con él y nos trajimos a los dos niños. Él, que debÃa trabajar en su oficio de sombrerero, iba a colocarme en una lavanderÃa. Hubiéramos sido muy felices… Pero Lantier es un ambicioso y un derrochador, no piensa más que en divertirse. En fin, es un poco tunante… Al llegar, nos alojamos en el hotel Montmartre, en la calle Montmartre. Y todo eran cenas, coches, teatros, un reloj para él, un vestido de seda para mÃ. Cuando tiene dinero no tiene mal corazón. Pero con tanto despilfarro, ¿comprende?, a los dos meses nos quedamos sin blanca. Entonces tuvimos que mudarnos al hotel Boncoeur y empezó esta vida de perros que llevamos…
Se le hizo un nudo en la garganta y, conteniéndose las lágrimas, interrumpió su relato. HabÃa terminado de cepillar la ropa.
—Tengo que ir a buscar agua caliente —murmuró.
Pero la señora Boche, contrariada por la interrupción de aquellas confidencias, llamó al mozo del lavadero que pasaba por allÃ.