La taberna

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—Oiga, Charles, haga el favor de traerle un cubo de agua caliente a esta señora; tiene prisa.

El chico cogió el cubo y se lo trajo lleno. Gervaise le pagó; un cubo costaba cinco céntimos. Vertió el agua caliente en la tina y dio la última pasada de jabón a la ropa. Se inclinó sobre la pila en medio de una nube de vapor que llenaba su rubio cabello de hilillos de humo gris.

—Tome, eche esta sosa que tengo aquí —le dijo servicialmente la portera.

Y vació en la tina de Gervaise el bicarbonato sódico que le quedaba en una bolsita que había traído consigo. También le ofreció lejía, pero la rechazó diciendo que sólo la utilizaba para las manchas de grasa y de vino.

—Me parece que le gustan las faldas —opinó la señora Boche, volviendo al tema de Lantier, sin nombrarle.

Gervaise, con la espalda doblada y hundidas sus manos crispadas en la ropa, se limitó a afirmar con la cabeza.

—Sí, sí —continuó la otra—, me he dado cuenta de varios detalles…

Pero, al ver la reacción brusca de Gervaise, que se había incorporado y que, palideciendo, se la quedó mirando de hito en hito, gritó:


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