La taberna
La taberna —¡Oh, no!, ¡yo no sé nada!… Le gusta bromear, creo, eso es todo… Con las dos chicas que viven en nuestra casa, Adèle y Virginie, ya las conoce, ¿eh?, pues bien, simplemente bromea con ellas, no va más lejos, estoy segura.
La joven, de pie delante de ella, con la cara sudorosa y los brazos chorreando, le seguía dirigiendo la misma mirada fija y penetrante. La portera, contrariada, se golpeó con el puño el pecho y, dándole su palabra de honor, exclamó:
—¡De veras le digo que no sé nada!
Luego, más tranquila, añadió con voz melosa, como se habla a quien no le sienta bien que le digan las cosas como son:
—Yo encuentro que tiene la mirada sincera… ¡Estoy segura de que se casará con usted!