La taberna

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Gervaise se enjugó la frente con la mano mojada. Sacó del agua otra pieza de ropa, moviendo de nuevo la cabeza. Las dos, durante un instante, guardaron silencio. A su alrededor, el lavadero se había sosegado. Dieron las once. La mitad de las lavanderas, apoyando los muslos en el borde de sus tinas, con botellas de vino destaponadas a sus pies, comían salchichas que habían metido entre pedazos de pan. Solamente las amas de casa, que no tenían que lavar más que sus pequeños fardos de ropa, se apresuraban, mirando a cada momento el reloj colocado encima del despacho. Todavía resonaban algunos golpes de paleta en medio de risas sofocadas y de conversaciones que se ponían pastosas con el ruido glotón de las mandíbulas. Mientras tanto, la máquina de vapor, siguiendo su marcha sin tregua ni descanso, parecía haber levantado la voz que, vibrante y estentórea, llenaba la inmensa sala. Pero ni una sola de las mujeres la oía; era como la respiración misma del lavadero, que con su hálito ardiente retenía bajo las vigas del techo el vaho constante que flotaba en el aire. El calor se hacía insoportable. A la izquierda, unos rayos de sol penetraban por las altas ventanas y encendían las capas de vapor opalizadas, dándoles unas tonalidades muy suaves de gris rosado y azulado. Y como empezaban a oírse quejas, Charles, el mozo, fue de ventana en ventana corriendo las cortinas de estopa. Luego pasó al otro lado, al de la sombra, y abrió unas ventanillas. Se produjeron exclamaciones de júbilo; le aplaudieron; imperaba una gran alegría. Luego, las últimas paletas se callaron. Las lavanderas, que tenían la boca llena, hacían sólo gestos con las navajas abiertas que empuñaban. Tal llegó a ser el silencio que era posible oír, al fondo, el chirrido regular de la pala del fogonero con la que cogía carbón del suelo y lo echaba en el horno de la máquina.


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