La taberna

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Entretanto, Gervaise lavaba su ropa de color en el agua caliente que había guardado. Cuando hubo terminado, se acercó un caballete, colocó a lo largo de él todas las prendas que dejaban en el suelo charcos azulados. Y empezó a aclarar. Detrás de ella, el grifo soltaba el agua fría sobre una ancha tina sujeta en el suelo, que tenía dos barrotes transversales para sostener la ropa. Arriba, en el aire, había otras dos barras donde la ropa terminaba de escurrirse.

—Así que ya terminamos; no está mal —dijo la señora Boche—. Me quedo para ayudarle a escurrir.

—¡Oh!, muchas gracias, no merece la pena —respondió la joven, que estrujaba y aclaraba la ropa de color en el agua—. Si tuviera sábanas, no le diría que no.

Pero tuvo que aceptar la ayuda de la portera. Estaban retorciendo entre las dos, una por cada extremo, una falda de vellón marrón mal teñido, que sacaba un agua amarillenta, cuando la señora Boche exclamó:

—¡Mire! ¡Ahí llega la grandullona Virginie!… ¿Cómo se le ocurre a ésa venir a lavar aquí con cuatro guiñapos envueltos en un pañuelo?


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