La taberna
La taberna La mudanza tuvo lugar inmediatamente. Gervaise, los primeros días, experimentaba una alegría infantil cuando cruzaba la calle al volver de un encargo. Detenía el paso y sonreía a su casa. De lejos, entre la oscura fila de los otros escaparates, su tienda le parecía resplandeciente y tener una alegría nueva, con su rótulo azul suave, en el que las palabras: Blanchisseuse de fin[1] estaban pintadas con grandes letras amarillas. En el escaparate, que cerraban por detrás unas cortinillas de muselina, y estaba empapelado de azul para hacer resaltar la blancura de la ropa, había camisas de hombre que estaban de muestra y cofias de mujer colgadas que tenían las cintas atadas en unos alambres. Su tienda le parecía bonita, del color del cielo. Y cuando se entraba, también era dentro todo azul; el papel que imitaba el estilo persiana Pompadour, representaba una parra envuelta de enredaderas; la mesa de trabajo, una enorme mesa adornada con una manta gruesa que ocupaba las dos terceras partes de la habitación, estaba revestida con una pieza de cretona de grandes ramajes azulados que ocultaba los caballetes. Gervaise se sentaba en un taburete y respiraba satisfacción, dichosa de la decorosa limpieza, comiéndose con los ojos los utensilios nuevos. Pero dirigía siempre la primera mirada a su máquina, una estufa de hierro fundido, que podía calentar al mismo tiempo diez planchas, alineadas alrededor del fogón, sobre placas oblicuas. Se ponía de rodillas y miraba, temerosa de que la tonta de su aprendiza hiciera estallar el hierro, atiborrando demasiado la estufa de carbón de coque.