La taberna
La taberna La tienda debía estar lista en cuatro días. Los trabajos duraron tres semanas. En un principio, habían hablado de tan sólo lavar la pintura. Pero ésta, antiguamente color de heces de vino, estaba tan sucia y parecía tan lúgubre, que Gervaise decidió volver a pintar todo el escaparate de azul claro con rayas amarillas. La reforma de la tienda se hizo eterna. Coupeau, que seguía sin trabajar, llegaba por la mañana para ver cómo iba la cosa. Boche dejaba la levita o el pantalón al que tenía que arreglar los ojales, y le acompañaba para vigilar a sus hombres. Y los dos, de pie delante de los obreros, con las manos detrás de la espalda, fumando y escupiendo, se pasaban el día comentando cada brochazo. Hacían reflexiones interminables, meditaciones profundas en torno a un clavo que había que arrancar. Los pintores, dos jóvenes larguiruchos que no eran malos chicos, apartaban las escaleras y se quedaban plantados en medio de la tienda, interviniendo en la discusión, moviendo la cabeza durante horas, mirando pensativos su tarea empezada. Encalaron bastante rápidamente el techo. Pero la pintura era lo que nunca acababa. No quería secarse. Hacia las nueve, se presentaban los pintores con sus botes de pintura, los dejaban en un rincón, echaban un vistazo y desaparecían; y no se les volvía a ver. Se habían ido a desayunar, o bien se habían ido a acabar una chapuza, al lado, en la calle Myrrha. A veces Coupeau llevaba a tomar una caña a toda la camarilla, a Boche, a los pintores y a los amigos que pasaban; se perdía otra tarde. A Gervaise se le encendía la sangre. De pronto, en dos días, lo acabaron todo; habían dado la última mano de pintura, empapelado las paredes y sacado las basuras a la calle en una carretilla. Los obreros lo habían hecho en un dos por tres, como si fuera un juego, silbando sobre sus escaleras, cantando hasta ensordecer al barrio.