La taberna
La taberna Al lunes siguiente, los obreros empezaron a trabajar en la tienda. La compra del papel fue un asunto especialmente delicado. Gervaise quería un papel gris con flores azules, para dar más luz y alegría a las paredes. Boche se ofreció a llevarla; ella eligiría. Pero tenía órdenes categóricas del propietario; el rollo no debía costar más de setenta y cinco céntimos. Estuvieron una hora en la tienda; la lavandera había puesto el ojo en un papel persiana muy fino que valía noventa céntimos; se desesperaba, pues los otros papeles le parecían horribles. Al final, el portero cedió; ya arreglaría la cosa, contaría un rollo de más, si hacía falta. Y Gervaise, de vuelta a casa, compró unos pastelitos para Pauline. Ella no quería ser menos; las deferencias sólo podían traerle ventajas.