La taberna
La taberna Boche, mientras tanto, permanecía impenetrable y digno; daba la vuelta y miraba al aire, sin opinar. Coupeau ya podía guiñarle el ojo; él fingía no querer abusar de su gran influencia sobre el propietario. Por fin, dejó escapar un gesto expresivo, una sonrisita acompañada de un movimiento de cabeza. En ese preciso momento, el señor Marescot, desesperado y sintiéndose fracasado, separando los diez dedos en una contracción de avaro al que le estuvieran arrancando el oro, cedió, prometió a Gervaise el techo y el papel, pero a condición de que ella pagase la mitad del papel. Y se fue volando, no queriendo oír ni una palabra más.
Cuando Boche se quedó a solas con los Coupeau, les dio unas palmaditas en los hombros, muy comunicativo. ¡Asunto concluido!, ¿eh? Sin él no habrían conseguido nunca ni el papel ni la pintura para el techo. ¿Se habían dado cuenta de cómo el propietario le había consultado de reojo y, de pronto, se había decidido, al verle sonreír? Luego, de modo confidencial, les confesó que era el verdadero dueño de la casa: él decidía los desahucios, alquilaba si le gustaba la gente y cobraba los alquileres que guardaba quince días en su cómoda. Aquella noche, los Coupeau, para dar las gracias a los Boche, creyeron conveniente mandarles dos botellas de vino. ¡Se habían ganado un regalo!