La taberna

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Cuando el señor Marescot, despidiéndose, le tendía de nuevo la mano al cinquero, éste le habló de las reformas, recordándole su promesa oral de que hablarían más adelante de eso. Pero el propietario se enfadó; no se había comprometido a nada; además, nunca se hacían reformas en una tienda. De todos modos, consintió en ir a ver la casa, seguido de los Coupeau y de Boche. El mercero se había ido llevándose su mueblaje, sus casilleros y mostradores; la tienda, completamente vacía, mostraba el techo sucio y las paredes desconchadas, de las que colgaban jirones de un viejo papel amarillo. Allí, en medio del vacío sonoro de las habitaciones, se entabló una furiosa discusión. El señor Marescot gritaba que correspondía a los comerciantes emperifollar sus tiendas, porque, en fin, un comerciante podía querer oro por todas partes, pero él, el propietario, no podía meterles oro. Después habló de la instalación de su propio almacén, en la calle de la Paix, en la que se había gastado más de veinte mil francos. Gervaise, con su terquedad de mujer, repetía un argumento que le parecía irrefutable: una vivienda, ¿verdad que tendría que empapelarla?; entonces, ¿por qué no consideraba la tienda como una vivienda? Sólo le pedía que blanqueara el techo y que empapelara las paredes.




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