La taberna

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Gervaise, sin embargo, se sintió un poco molesta por la actitud de los Boche. Fingían no conocerla. Se mostraban muy solícitos con el propietario, lisonjeándole servilmente, acechando sus palabras y aprobando con la cabeza cuanto decía. La señora Boche salió apresuradamente a ahuyentar a una pandilla de mocosos que estaba chapoteando delante de la fuente, cuyo grifo abierto a tope inundaba de agua el empedrado; y cuando volvió, erguida y severa dentro de sus faldas, atravesó el patio echando miradas furtivas a todas las ventanas, como para asegurarse de que todo estaba en orden en la casa, y apretando los labios, mostraba la autoridad de que estaba investida ahora que tenía bajo su férula a trescientos inquilinos. Boche, de nuevo, hablaba de la modista del segundo; en su opinión había que echarla; calculaba los retrasos de alquiler, dándose la importancia de un administrador cuya posición podía verse comprometida. El señor Marescot estaba de acuerdo con la idea de echarla; pero quería esperar otro medio mes. Era doloroso tener que echar a la gente a la calle; más aún porque no sacaba con ello ni un céntimo de beneficio el propietario. Y Gervaise, sintiendo un pequeño escalofrío, se preguntaba si a ella también la echarían a la calle el día que una desgracia le impidiera pagar. La portería, sombría y llena de muebles negros, tenía una humedad y una luz lívida de cueva; frente a la ventana, la luz caía sobre la mesa del sastre, donde se encontraba tirada una vieja levita a la que había que darle la vuelta; mientras, Pauline, la hija de los Boche, una niña pelirroja de cuatro años, sentada en el suelo, miraba tranquilamente como se cocía un pedazo de ternera, embelesada y orgullosa por el fuerte olor a cocina que subía del cazo.


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