La taberna
La taberna Se decía que debía tener muchos millones. Tenía cincuenta y cinco años; hombre fuerte y huesudo, que había sido condecorado, hacía alarde de tener unas manazas de viejo obrero. Una de las cosas que le hacía más feliz era llevarse los cuchillos y las tijeras de sus inquilinos para darse el gusto de afilarlos él mismo. Se le consideraba un hombre llano, porque pasaba muchas horas con los porteros, escondido a la sombra de la portería, pasando cuentas. Se ocupaba allí de todos sus negocios. Los Coupeau le encontraron frente a la mugrienta mesa de la señora Boche, quien le contaba que la modista del segundo, en la escalera A, se había negado a pagar con malas palabras. Una vez hubieron firmado el arriendo, le dio un apretón de manos al cinquero. Le gustaban los obreros. En otro tiempo, había pasado no pocas dificultades. Pero con el trabajo se consigue todo. Y, después de haber contado los doscientos cincuenta francos del primer semestre, que embutió en su espacioso bolsillo, les contó su vida y les enseñó su condecoración.