La taberna

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El día que los Coupeau fueron a firmar el arriendo, Gervaise sintió que le daba un vuelco el corazón al pasar por el portal. Así que iba a vivir en aquella espaciosa casa, que parecía una pequeña ciudad, en la que se extendían y cruzaban las calles interminables de sus escaleras y pasillos. Las grises fachadas con los pingajos secándose al sol en las ventanas, el macilento patio con el empedrado lleno de baches como en una plaza pública y el rumor de trabajo que atravesaba las paredes, le causaban una gran confusión, una alegría de estar por fin a punto de satisfacer su ambición y un miedo de fracasar y ser aplastada en su terrible lucha contra el hambre, cuyo aliento sentía ya cerca. Tenía la sensación de estar haciendo algo muy intrépido, como si se precipitara en el centro mismo de una máquina en marcha, mientras los martillos del cerrajero y los cepillos del ebanista golpeaban y silbaban en los talleres de la planta baja. Aquel día las aguas sucias de la tintorería que corrían por debajo del pórtico tenían un color verde manzana muy suave. Pasó por encima, sonriendo; veía en este color un presagio feliz.

Habían quedado con el propietario en la portería de los Boche. El señor Marescot, un importante cuchillero de la calle de la Paix, había sido hacía tiempo afilador ambulante.


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