La taberna
La taberna De todos modos, Gervaise subió un día a casa de los Lorilleux. Se trataba de mamá Coupeau, que tenía entonces sesenta y siete años y había perdido por completo la vista. También estaba muy mal de las piernas. Se había visto obligada a dejar la última casa donde hacía faenas y decía que moriría de hambre si no la socorrían. A Gervaise le parecía vergonzoso que una mujer de esa edad, teniendo tres hijos, fuese abandonada de todos. Y como Coupeau no quería hablar con los Lorilleux y le había dicho que subiera ella misma, si lo deseaba, lo hizo movida por un impulso de indignación que le salía del alma.
Al llegar arriba, entró sin llamar, como un vendaval. Nada había cambiado desde la noche en que los Lorilleux, por primera vez, le habían hecho un recibimiento tan poco prometedor. El mismo jirón de lana desteñida separaba la habitación del taller, un cuarto alargado y estrecho que parecía construido para una anguila. Al fondo, Lorilleux, inclinado sobre su banco, cogía uno por uno con las tenazas los eslabones de una columna, mientras la señora Lorilleux estiraba de pie, delante del torno, un hilo de oro de la hilera. La pequeña fragua, a la que le daba de lleno la luz del día, tenía un reflejo rosado.