La taberna
La taberna —SÃ, soy yo —dijo Gervaise—. ¿Se sorprenden de verme porque estamos a matar? Como podrán imaginarse, no vengo ni por mà ni por ustedes… Vengo por mamá Coupeau. SÃ, vengo a ver si tendrá que vivir de la caridad de los demás.
—¡Vaya manera de entrar! —murmuró la señora Lorilleux—. Hay que tener la cara muy dura.
Y volviéndole la espalda, se puso otra vez a tirar del hilo de oro, como si no hubiera visto a su cuñada. Pero Lorilleux habÃa levantado su pálida cara, gritando:
—¿Qué dice?
Pero, como la habÃa oÃdo perfectamente, continuó:
—Otra vez de cotilleo, ¿verdad? ¡Qué bien que mamá Coupeau vaya contando su desgracia por ahÃ!… Sin embargo, anteayer comió aquÃ. Nosotros, por nuestra parte, hacemos lo que podemos. Y no es que nos podamos permitir el lujo… Pero si quiere ir de comadreo a casa de los demás, puede quedarse allÃ, porque nosotros no queremos soplones.
Volvió a coger la punta de la cadena y, dándole también la espalda, añadió como si se lamentara:
—Cuando todos den cinco francos al mes, nosotros también daremos cinco francos.