La taberna

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Gervaise se había tranquilizado, aplacada por las caras inflexibles de los Lorilleux. Nunca había metido los pies en su casa sin sentir malestar. Mirando al suelo, a los rombos de la rejilla de madera, donde caían los desechos, se expresaba de una forma más serena. Mamá Coupeau tenía tres hijos; si cada uno daba cinco francos, no tendría más que quince francos y la verdad es que no era bastante, no se podía vivir con eso; como mínimo, habría que triplicar la cantidad. Pero Lorilleux protestaba. ¿De dónde tenía que sacar quince francos al mes? La gente debía ser muy ingenua para creer que era rico porque había oro en su casa. Luego atacó a mamá Coupeau: no quería privarse de tomar café por la mañana, se bebía su copita y era exigente como una persona que anduviera sobrada de dinero. ¡Pues claro que a todos nos gusta vivir bien!; pero, cuando nunca se ha sabido ahorrar un céntimo, ¿verdad?, hay que hacer como los demás, apretarse el cinturón. Por otra parte, mamá Coupeau a su edad podía seguir trabajando; veía muy bien cuando se trataba de pescar una buena tajada del plato; en fin, era una vieja taimada que quería darse buena vida. Incluso si hubiera tenido medios, le habría parecido una equivocación tener que mantener a una perezosa.




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