La taberna

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Gervaise estaba, a pesar de todo, conciliadora y discutía tranquilamente estos argumentos. Intentaba ablandar a los Lorilleux. Pero el marido acabó por dejar de contestarle. La mujer estaba delante de la fragua decapando un trozo de cadena en el pequeño cazo de cobre de mango largo lleno de lejía potásica. Seguía dándole la espalda, como si estuviera a cien leguas. Y Gervaise continuaba hablando, viéndoles empeñarse en el trabajo, en medio del polvo negro del taller, con el cuerpo torcido y la ropa remendada y sucia, endurecidos y embrutecidos como viejas herramientas en la estrechez de su tarea maquinal. De pronto, montó en cólera y les gritó:

—Vale, mejor así, ¡quédense con su dinero!… ¡Me llevo a mi casa a mamá Coupeau! ¿Me han oído? La otra noche recogí un gato, también puedo recoger a su madre. Y no ha de faltarle nada; ¡tendrá su café y su copita!… ¡Dios, qué asco de familia!

La señora Lorilleux se dio la vuelta. Blandió el cazo, como si fuera a tirar la lejía potásica a la cara de su cuñada. Farfulló:




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