La taberna

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Transcurrieron tres años. Se pelearon y se reconciliaron varias veces. A Gervaise le traían sin cuidado los Lorilleux, los Boche y todos los que no le seguían la corriente. Si no estaban contentos, que se fueran a paseo. Ganaba cuanto quería, y eso era lo que contaba. En el barrio le tenían gran consideración porque, en resumidas cuentas, era difícil encontrar tan buenos parroquianos como ella que pagaran a toca teja, sin regatear ni protestar. Le compraba el pan a la señora Coudeloup, en la calle de Poissonniers; la carne al gordo Charles, un carnicero de la calle Polonceau; los ultramarinos a Lehongre, en la calle de la Goutte-d’Or, casi enfrente de su tienda. François, el tabernero de la esquina, le traía el vino en damajuanas de cincuenta litros. El vecino Vigouroux, cuya mujer debía tener las caderas moradas de tanto que se las pellizcaban los hombres, le vendía el coque al precio de la compañía del gas. Podía decirse que todos sus proveedores la servían a conciencia, porque sabían que redundaría en beneficio propio si se mostraban atentos con ella. Por eso, cuando salía a la calle en zapatillas y sin gorro, la saludaba todo el mundo; estaba como en su casa, siendo las calles colindantes como dependencias naturales de su casa, abierta a la altura de la acera. Le ocurría ahora que retrasaba a veces un encargo por encontrarse a sus anchas fuera de casa, con conocidos suyos. Los días que no tenía tiempo de poner algo al fuego, encargaba raciones y, mientras, charlaba con el dueño de la casa de comidas que había al otro lado de la suya, una sala enorme con vidrieras polvorientas, a través de cuya suciedad se veía la opaca luz del patio. O bien se paraba y, con las manos cargadas de platos y tazones, charlaba delante de alguna ventana de la planta baja, por la que se entreveía el interior de la vivienda de un zapatero remendón, la cama deshecha, el suelo lleno de guiñapos, dos cunas cojas y un lebrillo de pez lleno de agua negra. Pero el vecino por quien sentía más respeto seguía siendo el relojero de enfrente, el señor de levita, de aspecto distinguido, que hurgaba continuamente en relojes con diminutas herramientas; y muchas veces cruzaba ella la calle para saludarle y mirar entusiasmada, en la tienda estrecha como un armario, la alegría de los pequeños relojes de cuco cuyos péndulos se movían muy de prisa, dando todos la hora a destiempo, pero a la vez.


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