La taberna

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Al día siguiente se llevó a mamá Coupeau a su casa. Le puso su cama en la habitación en que dormía Naná. La habitación recibía la luz de un ventanillo redondo que estaba cerca del techo. La mudanza fue rápida, porque mamá Coupeau tenía, como único mobiliario, esta cama, un viejo armario de nogal, que colocaron en la habitación de la ropa sucia, una mesa y dos sillas; vendieron la mesa y pusieron un asiento nuevo a las dos sillas. Y la pobre vieja, desde la misma noche de su instalación, pasaba la escoba, fregaba los platos y, en fin, procuraba ser útil, sintiéndose feliz de haber salido del apuro. Los Lorilleux se tiraban de los pelos, más aún porque la señora Lerat había hecho las paces con los Coupeau. Un buen día, las dos hermanas, la florista y la cadenera, se dieron unos torniscones discutiendo sobre Gervaise; la primera se había atrevido a aprobar la conducta de ésta con su madre; luego, para pincharla, viendo que se estaba exasperando, llegó a decir que los ojos de la lavandera eran magníficos, unos ojos con los que se podían encender trocitos de papel; y por esto, después de haberse abofeteado, habían jurado no volver a verse. Ahora la señora Lerat pasaba las veladas en la tienda, divirtiéndose con las marranadas de la grandullona Clémence.




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