La taberna

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La fábrica de pernos y remaches debía estar cerca, por ese lado de la calle Marcadet, aunque no sabía exactamente dónde; dificultaba aún más el dar con ella el que faltaran muchos números en las casas en ruinas y separadas entre sí por descampados. Era una calle en la que no habría querido vivir ni por todo el oro del mundo, una calle ancha, sucia, ennegrecida por el polvo de carbón de las fábricas vecinas, llena de baches y carriles, en los que el agua se encenagaba. A ambos lados de la calle había una hilera de cobertizos, grandes talleres acristalados, construcciones grises, como si estuvieran inacabadas, que mostraban sus ladrillos y armazones, un caos de edificios destartalados, con boquetes abiertos al campo y flanqueados por miserables cuartuchos y figones de dudosa reputación. Sólo se acordaba de que la fábrica estaba cerca de una tienda de trapos y chatarra, una especie de cloaca abierta a ras de suelo, donde, según Goujet, descansaban cientos de miles de francos en mercancías. Ella intentaba orientarse en medio del fragor de las fábricas; pequeñas chimeneas, por encima de los tejados, echaban violentamente chorros de vapor; de un aserradero llegaban chirridos regulares que parecían bruscos desgarrones producidos en una pieza de calicó; fábricas de botones hacían estremecer el suelo con el estruendo y el triquitraque de sus máquinas. Al mirar hacia Montmartre, indecisa y sin saber si debía seguir más lejos, una ráfaga de viento empujó el hollín de una alta chimenea hacia la calle y la tiznó; cerraba los ojos sofocada, cuando oyó un martilleo cadencioso: había llegado, sin saberlo, a la fábrica, que reconoció por el tenducho lleno de trapos de al lado.


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