La taberna
La taberna Pero dudó un poco, porque no sabía por dónde entrar. Una valla desvencijada abría un pasadizo que parecía hundirse entre cascotes de derribo. Como un charco de agua cenagosa cerraba el paso, habían colocado dos tablones de través. Se decidió a pasar por encima de los tablones, torció a la izquierda y se encontró perdida en un extraño bosque de viejas carretas volcadas con los varales en alto y casuchas en ruinas cuyos armazones se mantenían en pie. En el fondo, abriendo una brecha de luz en la sucia noche, brillaba un fuego rojo. El martilleo había cesado. Avanzaba cautelosamente hacia aquella luz, cuando pasó junto a ella un obrero que tenía la cara negra de carbón, unas hirsutas barbas de chivo y unos ojos terrosos que bizqueaban.
—Señor —le preguntó ella—, ¿verdad que es aquí donde trabaja un niño que se llama Étienne?… Es hijo mío.
—Étienne, Étienne… —repetía el obrero engallándose y con la voz ronca—, no, no le conozco.
Su boca abierta despedía ese olor a alcohol de los viejos toneles de aguardiente a los que se les ha quitado la piquera. Y Gervaise, notando que el encuentro con una mujer en aquel lugar sombrío empezaba a despertar en él las ganas de bromear, se apartó murmurando:
—Pues creo que es aquí donde trabaja el señor Goujet.