La taberna
La taberna Mientras tanto, el tío Bru había seguido a Gervaise hasta dentro de la habitación. Entre los dos intentaron sosegar al cerrajero y empujarlo hacia la puerta. Pero éste se resistía, mudo, con espumarajos en los labios; y, en sus pálidos ojos, el alcohol encendía una llama asesina. La planchadora quedó con la muñeca magullada; el viejo obrero fue a caer sobre la mesa. En el suelo, la señora Bijard respiraba con más fuerza, con la boca muy abierta y los párpados cerrados. Ahora, Bijard no acertaba; volvía, se ensañaba y daba en el aire, encolerizado y cegado, alcanzándole a él mismo los golpes que lanzaba al vacío. Y durante toda esta carnicería, Gervaise veía en un rincón de la habitación a la pequeña Lalie, una niña de cuatro años que observaba a su padre mientras mataba a palos a su madre. La niña tenía en sus brazos, como para protegerla, a su hermana Henriette, que hacía poco que la habían destetado. Estaba de pie, con la cabeza cubierta con una toca de indiana, muy pálida y seria. Tenía una mirada profunda y sombría, de una fijeza repleta de pensamientos, sin una lágrima.