La taberna
La taberna Al tropezar Bijard con una silla y caerse al suelo, donde se quedó roncando, el tío Bru ayudó a Gervaise a levantar a la señora Bijard. Ahora prorrumpió en grandes sollozos; y Lalie, que se había acercado, miraba como lloraba, acostumbrada y resignada ya a estas cosas. La planchadora, mientras bajaba por la casa a la que había vuelto la calma, seguía viendo delante de ella aquella mirada de la niña de cuatro años, grave y animosa como una mirada de mujer.
—El señor Coupeau está en la acera de enfrente —le gritó Clémence, tan pronto la vio—. ¡Parece que viene hecho un cuero!
Coupeau cruzaba la calle en aquel momento. A punto estuvo de romper con el hombro el cristal, al no dar con la puerta: Apretaba los dientes y arrugaba la nariz; estaba como una cuba. Y Gervaise se dio cuenta en seguida del aguardiente de L’Assommoir que le envenenaba la sangre y le hacía palidecer la piel. Quiso reír y meterlo en la cama, como solía hacer cuando estaba alegre de vino. Pero él la empujó, sin separar los labios; y, al pasar, llegando por su cuenta a la cama, levantó el puño contra ella. Se parecía al otro, al borracho que roncaba arriba harto de repartir palo. En ese momento se quedó lívida, pensando en los hombres, en su marido, en Goujet y en Lantier, con el corazón encogido, perdiendo la esperanza de llegar alguna vez a ser feliz.