La taberna
La taberna EL santo de Gervaise era el 19 de junio. Los días de santo, los Coupeau tiraban la casa por la ventana; hacían unos festines de los que todos salían atiborrados, con las barrigas llenas para una semana. Había una limpieza general de dinero. En cuanto tenían veinte céntimos en casa, se los comían. Se sacaban los santos de la manga; tenían que encontrar pretextos para sus francachelas. A Virginie le parecía muy bien que Gervaise se atracara de buenos bocados. Cuando se tiene un marido que se lo bebe todo, es mejor llenarse el estómago antes de que se vaya todo el dinero en líquidos, ¿verdad? Como de todos modos el dinero se esfumaba, más valía que fuera a parar al carnicero que al tabernero. Y Gervaise, golosa, se abandonaba a esta excusa. Si ya no ahorraban ni una perra chica, ¿qué le iba a hacer?, la culpa era de Coupeau. Ella había engordado más y cojeaba más, porque su pierna, a medida que se henchía de grasa, parecía ir encogiendo.