La taberna

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Aquel año, un mes antes del santo, ya hablaban del festín. Escogían recetas y se les hacía la boca agua pensando en ellas. En la tienda había unas terribles ganas de jolgorio. Tenían que hacer algo para pasarlo en grande, algo fuera de lo normal y que diera que hablar. ¡No todos los días era fiesta! La mayor preocupación de la lavandera era a quién invitar; quería tener doce personas a la mesa, ni una más ni una menos. Ella, su marido, mamá Coupeau y la señora Lerat, hacían ya cuatro personas de la familia. Vendrían también los Goujet y los Poisson. Al principio, ella se había dicho que no invitaría a las operarias, a la señora Putois y a Clémence, para evitar familiaridades; pero, como siempre hablaban delante de ellas de la fiesta y ponían cara larga, acabó diciéndoles que vinieran. Cuatro y cuatro, ocho, más dos, diez. Pero como estaba decidida a que fuesen doce, se reconcilió con los Lorilleux, que desde hacía algún tiempo la iban rondando; convinieron que los Lorilleux bajarían a cenar y que harían las paces tomándose un vaso. La verdad es que no se puede estar siempre enemistado con los familiares. Además, la idea del convite apaciguaba los ánimos de todos. Era una ocasión que no se debía despreciar. Cuando los Boche se enteraron de la planeada reconciliación, se acercaron en seguida a Gervaise, con cumplidos y sonrisas serviciales; y tuvieron que invitarles también al banquete. ¡Serían catorce, sin contar a los niños! Nunca había dado una cena igual; estaba que no cabía en sí.


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