La taberna
La taberna EL sábado siguiente, Coupeau, que no habĂa cenado en casa, se presentĂł con Lantier hacia las diez. HabĂan comido manos de carnero en casa Tomás, en Montmartre.
—No vayas a enfadarte, mujer —dijo el cinquero—. Ya ves que somos buenos chicos… ¡Ah! cuando estoy con él no me puede pasar nada; le hace a uno ir por buen camino.
Y le contĂł que se habĂan encontrado en la calle Rochechouart. DespuĂ©s de cenar, Lantier no habĂa querido tomar nada en el cafĂ© Boule noire[1], diciendo que, cuando se está casado con una mujer buena y honrada, no habĂa que hacer el mangante por los ventorrillos. Gervaise escuchaba esbozando una pequeña sonrisa. No, no iba a reñirle; se sentĂa demasiado violenta. Desde la comilona contaba con volver a ver algĂşn dĂa a su antiguo amante; pero a esas horas, estando a punto de acostarse, la llegada inesperada de los dos hombres le habĂa sorprendido; y, con las manos temblorosas, se sujetaba el moño que llevaba suelto sobre la nuca.
—Sabes qué —siguió Coupeau—, como no ha querido tomar nada fuera, ponnos tú una copita… ¡Es lo menos que puedes hacer!