La taberna

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VIII

EL sábado siguiente, Coupeau, que no había cenado en casa, se presentó con Lantier hacia las diez. Habían comido manos de carnero en casa Tomás, en Montmartre.

—No vayas a enfadarte, mujer —dijo el cinquero—. Ya ves que somos buenos chicos… ¡Ah! cuando estoy con él no me puede pasar nada; le hace a uno ir por buen camino.

Y le contó que se habían encontrado en la calle Rochechouart. Después de cenar, Lantier no había querido tomar nada en el café Boule noire[1], diciendo que, cuando se está casado con una mujer buena y honrada, no había que hacer el mangante por los ventorrillos. Gervaise escuchaba esbozando una pequeña sonrisa. No, no iba a reñirle; se sentía demasiado violenta. Desde la comilona contaba con volver a ver algún día a su antiguo amante; pero a esas horas, estando a punto de acostarse, la llegada inesperada de los dos hombres le había sorprendido; y, con las manos temblorosas, se sujetaba el moño que llevaba suelto sobre la nuca.

—Sabes qué —siguió Coupeau—, como no ha querido tomar nada fuera, ponnos tú una copita… ¡Es lo menos que puedes hacer!


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