La taberna
La taberna HacĂa tiempo que se habĂan ido las operarias. Mamá Coupeau y Naná acababan de acostarse. Gervaise, que ya habĂa cerrado una contraventana cuando llegaron, dejĂł la tienda abierta y colocĂł en una punta de la mesa de trabajo unos vasos y una botella mediada de coñac. Lantier permanecĂa de pie y evitaba dirigirle directamente la palabra. Sin embargo, cuando ella fue a servirle, exclamĂł:
—Sólo un dedo, señora, por favor.
Coupeau, que se habĂa quedado mirándoles, se expresĂł con desenfado. ¡No iban a comportarse como dos bobalicones! Lo pasado, pasado, Âżno? Si se fuera a guardar rencor al cabo de diez o doce años, terminarĂamos por no hablarnos nadie. ¡No, no, Ă©l era una persona de corazĂłn! SabĂa con quien se las entendĂa, con una buena mujer y con un buen hombre, ¡vamos, con dos amigos! No tenĂa de quĂ© preocuparse; no dudaba de que eran honrados.
—Claro… claro… —repetĂa Gervaise, bajando la vista, sin comprender lo que ella misma decĂa.
—¡Ahora es una hermana, nada más que una hermana! —murmuró a su vez Lantier.
—¡Dense la mano ya! —gritó Coupeau—, ¡y que zurzan a los burgueses! Quien tiene un poco de cacumen, es más gente que los millonarios. Para mà lo más importante es la amistad, pues la amistad es la amistad, y está por encima de todo.