La taberna
La taberna Se daba unos puñetazos tan grandes en el estómago, y parecía tan emocionado, que tuvieron que tranquilizarle. Los tres, en silencio, brindaron y se bebieron la copa. Entonces Gervaise pudo observar a Lantier con más calma; porque la noche de la comilona, le había visto en medio de una neblina. Estaba gordo, grueso y rechoncho; tenía las piernas y los brazos pesados debido a su estatura. Pero su cara conservaba bonitas facciones a pesar de la hinchazón causada por su vida de holgazán; y como seguía cuidando sus finos bigotes, aparentaba justo su edad, treinta y cinco años. Ese día llevaba un pantalón gris, un gabán azul, y un sombrero redondo, igual que un señor; hasta llevaba un reloj con cadena de plata, de la que colgaba una sortija, un recuerdo.
—Me voy —dijo—. Vivo en el quinto infierno.
Había salido ya a la calle cuando el cinquero le llamó para obligarle a prometer que no pasaría nunca por delante de su casa sin entrar a saludarles. Gervaise, que se había ido silenciosamente, volvió trayendo consigo a Étienne, que estaba en mangas de camisa y medio dormido. El pequeño sonreía y se restregaba los ojos. Pero al ver a Lantier, se puso a temblar y, asustado, echaba miradas inquietas hacia su madre y Coupeau.
—¿No te acuerdas de este señor? —preguntó éste.