La taberna

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El niño bajó la cabeza sin contestar. Luego hizo una pequeña señal para mostrar que se acordaba del señor.

—¡Pues bien, no hagas el tonto y dale un beso!

Lantier, grave y tranquilo, esperaba. Cuando Étienne se decidió a acercársele, se agachó y le tendió las dos mejillas; luego le estampó a su vez un fuerte beso al muchacho en la frente. Entonces, éste se atrevió a mirar a su padre. Pero, de pronto, prorrumpió en sollozos y salió corriendo como un loco, medio desnudo mientras Coupeau le reprendía y le llamaba salvaje.

—Es la emoción —dijo Gervaise, pálida y conmovida ella también.

Normalmente es muy obediente y muy cariñoso —explicó Coupeau—. Yo le he educado como es debido, ya verá… Se acostumbrará a usted. Necesita conocer a la gente… En fin, aunque sólo fuera por el pequeño, no podíamos continuar malquistados, ¿eh? Debíamos de haber hecho las paces hace tiempo, pues antes me dejaría cortar la cabeza que impedirle a un padre ver a su hijo.

Después de esto, sugirió acabar la botella de coñac. Los tres volvieron a brindar. Lantier no se asombraba, tenía mucha calma. Antes de irse, para corresponder a las atenciones del cinquero, se empeñó en ayudarle a cerrar la tienda. Luego, frotándose las manos para limpiárselas, dio las buenas noches a la pareja.


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