La taberna
La taberna El lavadero era un jolgorio. Todas se habían apartado para que no les alcanzaran las salpicaduras. Los aplausos y las bromas se oían en medio del fragor como de esclusa de los cubos vaciados a voleo. El suelo era todo un charco, que les llegaba a las dos mujeres hasta los tobillos. A Virginie se le ocurrió hacer una alevosía y, cogiendo de repente un cubo de agua hirviendo, de la colada que una de sus vecinas había dejado olvidado, se lo tiró. Se oyó un grito. Todas creyeron que Gervaise se había escaldado. Pero sólo tenía unas leves quemaduras en el pie izquierdo. Y, sacando fuerzas de flaqueza, exasperada por el dolor, lanzó un cubo, esta vez sin preocuparse de llenarlo, a las piernas de Virginie, que se cayó al suelo.
Las lavanderas hablaban todas a la vez.
—¡Le ha roto una pata!
—¡Claro! ¡La otra quería achicharrarla!
—¡A fin de cuentas, qué caray, la rubia, si le han quitado su hombre, tiene razón!
La señora Boche alzaba los brazos al cielo, entre exclamaciones. Se había prudentemente guarecido entre dos tinas. Los niños, Claude y Étienne, sofocados y asustados, llorando y agarrándose a su vestido, repetían sin cesar: ¡Mamá! ¡Mamá!, que sus sollozos apagaban. Cuando la señora Boche vio a Virginie en el suelo, se decidió a tomar parte y, estirando a Gervaise por la falda, no paraba de decirle: