La taberna

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Acabaron teniendo que llenar los cubos en los grifos. Y, mientras se llenaban, continuaron con la ristra de insultos. Los primeros cubos, mal lanzados, apenas les salpicaron. Poco a poco iban afinando la puntería. Virginie fue la primera en recibir uno en plena cara. El agua se le coló por el cuello, le bajó entre los pechos y la espalda, y le chorreó por la falda. Se sentía todavía aturdida cuando otro cubo de agua la cogió de sesgo y, dándole un fuerte golpe en la oreja izquierda, le empapó el moño, que se le deshizo como un lazo. Gervaise fue primero alcanzada en las piernas; un cubo le llenó los zapatos de agua y le empapó los muslos. Otros dos cubos le mojaron las caderas. Pero fue pronto imposible determinar adónde iba a parar el agua. Estaban chorreando de los pies a la cabeza, con las blusas adheridas a los hombros y las enaguas pegadas a las nalgas, enflaquecidas, rígidas, trémulas, goteando por todas partes como un paraguas bajo la lluvia.

—¡Qué graciosas están! —dijo la voz ronca de una lavandera.






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