La taberna
La taberna Pero en seguida retrocedió, volviendo a refugiarse entre las dos tinas, al lado de los niños. Virginie acababa de abalanzarse sobre la garganta de Gervaise. Le apretaba el cuello, tratando de ahogarla. Gervaise, con una violenta sacudida, consiguió librarse de Virginie, y se colgó a su vez de la trenza de su moño, como para arrancarle la cabeza. La pelea continuó, muda, sin un grito, sin un insulto. No se cogían por el cuerpo, sino que se buscaban la cara. Con las manos abiertas en forma de garra, atenazaban y arañaban cuanto podían apresar. La cinta roja y la redecilla de felpilla azul de la morenaza le fueron arrancadas. Su desgarrada blusa dejaba ver la piel de su cuello y una gran parte de su hombro. La rubia, medio desnuda, habiéndosele desprendido una manga de su camisola blanca sin saber cómo, tenía un desgarrón en su camisa que dejaba al descubierto la redondez de su talle. Había jirones de ropa por todas partes. Gervaise fue la primera en sangrar; tenía tres largos rasguños que bajaban de la boca hasta por debajo de la barbilla; se protegía los ojos, cerrándolos a cada nuevo golpe, temiendo quedarse tuerta. Virginie aún no sangraba. Gervaise dirigía la puntería a sus orejas y rabiaba de no poder cogérselas. Cuando por fin consiguió sujetarle uno de los pendientes, una lágrima de cristal amarillo, tiró de él y le partió el lóbulo. Y empezó a correr la sangre.