La taberna
La taberna Él había dejado de hablar, sonreía; y, lentamente, la besó en la oreja, como hacía en otros tiempos para provocarla y aturdiría. Y ella se quedó sin fuerzas y sintió un gran zumbido, un intenso escalofrío que le recorría el cuerpo. Sin embargo, intentó dar nuevamente un paso. Pero tuvo que retroceder. No era posible; sentía tanto asco y el hedor le resultaba tan insoportable que también ella habría acabado vomitando en la cama. Coupeau, a sus anchas, acogotado por la borrachera, dormía la mona, con los miembros inmóviles y la boca entreabierta. Aunque hubiera entrado toda la calle a abrazar a su mujer, él habría seguido allí impertérrito.
—Mala suerte —tartamudeó—, la culpa es suya, yo no puedo… ¡Dios mío! ¡Dios mío!, me echa de mi cama, ya no tengo cama… No, yo no puedo, es culpa suya.
Temblaba, perdía el sentido. Y mientras Lantier la empujaba hacia su habitación, la cara de Naná apareció en la puerta vidriera de su habitación, detrás de un cristal. La pequeña se acababa de despertar y en camisón, pálida de sueño, se había levantado silenciosamente. Vio a su padre revolcado sobre su vómito; luego, pegando la cara contra el cristal, se quedó allí, esperando a que las enaguas de su madre hubieran desaparecido en la habitación del otro. Estaba muy seria. En sus grandes ojos de niña viciosa brillaba una curiosidad sensual.