La taberna

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IX

AQUEL invierno faltó poco para que un ahogo se llevara al otro barrio a mamá Coupeau. Cada año, por el mes de diciembre, podía estar segura de que el asma la obligaría a guardar cama durante dos o tres semanas. Ya no tenía quince años, iba a cumplir setenta y tres el día de San Antonio. Aunque gorda y gruesa, estaba muy pachucha y se quejaba por la menor cosa. El médico aseguraba que moriría de un acceso de tos, sin tener tiempo más que para decir: ¡se acabó lo que se daba!

Cuando estaba en cama, mamá Coupeau era más mala que la quina. Hay que reconocer que el cuarto donde dormía con Naná no era muy alegre. Entre la cama de la pequeña y la suya, había justo sitio para dos sillas. El papel de las paredes, un viejo papel gris desteñido, colgaba en jirones. El redondo tragaluz, cerca del techo, daba paso a una luz turbia y pálida, como en un sótano. Era un lugar insufrible, sobre todo para una persona con dificultades para respirar. Por la noche, cuando no podía conciliar el sueño, oía dormir a la pequeña, y eso la distraía. Pero durante el día, como nadie le hacía compañía, refunfuñaba, lloraba y se decía a sí misma una y otra vez, revolviendo la cabeza en la almohada:

—¡Dios mío, qué desgraciada soy!… ¡Dios mío, qué desgraciada soy!… ¡Van a dejar que me muera en esta prisión!


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