La taberna
La taberna Una habitación y un gabinete, nada más. Allí se alojaban ahora los Coupeau. Y, para colmo, la habitación no era más ancha que la palma de una mano. Allí tenían que dormir, comer y lo demás. En el gabinete, la cama de Naná cabía por los pelos; tenía que quitarse la ropa en la habitación de sus padres y, por la noche, le dejaban la puerta abierta para que no se ahogara. Era un sitio tan pequeño que Gervaise había vendido, al mudarse de la tienda, unos cuantos bártulos a los Poisson, pues no tenía dónde colocarlos. La cama, la mesa, cuatro sillas, y estaba todo lleno. Ya que le partía el corazón tener que separarse de la cómoda y no tenía valor para hacerlo, se trajo aquel estorbo que ocupaba gran parte de la habitación y tapaba media ventana. Una de sus hojas ya no se podía abrir, lo cual quitaba luz y alegría. Cuando quería asomarse al patio, como estaba tan gorda y no tenía sitio para los codos, se inclinaba de lado, torciendo el cuello, para poder ver.