La taberna
La taberna Colgó la ropa en el respaldo de una silla. Permaneció de pie, miró a su alrededor, examinó los muebles y se quedó tan estupefacta que dejó de llorar. De los veinte céntimos que se había llevado al lavadero, sólo le quedaban cinco. Oyendo reír a Étienne y Claude cerca de la ventana, ya consolados, se acercó a ellos y los estrechó entre sus brazos; se olvidó un instante de sí misma delante de aquella calle gris, donde había visto, por la mañana, despertar al pueblo obrero, al coloso del trabajo de París. Ahora, el pavimento, recalentado por el ajetreo de la jornada, producía una reverberación abrasadora sobre la ciudad, detrás del muro del fielato. Era a esta calle, a este aire de horno, adonde la echaban sola con los pequeños. Dirigió una mirada a las rondas, a derecha e izquierda, y la fijó en los dos extremos, invadida de un sordo terror, como si su vida, de ahora en adelante, fuese a transcurrir entre esos dos límites, entre un matadero y un hospital.