La taberna
La taberna Arriba, la habitación estaba desierta y llena del sol que entraba por la ventana abierta. Aquel sol, aquel polvo dorado flotando, daba un aspecto insufrible al techo ennegrecido, a las paredes con el papel desprendido. Sólo colgaba ya, de un clavo en la chimenea, un pequeño pañuelo de mujer, torcido como una cuerda. La cama de los niños, arrastrada al centro de la habitación, descubría la cómoda, cuyos cajones abiertos mostraban sus flancos vacíos. Lantier se había lavado y había acabado la pomada, diez céntimos de pomada envueltos en un naipe; el agua, que sus manos habían dejado pringosa, llenaba la palangana. No había olvidado nada; el rincón en el que hasta entonces había estado la maleta, le parecía a Gervaise un hueco enorme. Había incluso desaparecido el espejito que colgaba de la falleba. Entonces tuvo un presentimiento y miró sobre la chimenea. Lantier se había llevado las papeletas de empeño, el fajo de color rosa suave ya no estaba entre los candeleros de cinc que no hacían juego.