La taberna

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Luego, la sala se puso a bailar, con los mecheros de gas moviéndose como estrellas. Gervaise estaba completamente beoda. Oía una acalorada discusión entre Bec-Salé, alias Boit-sans-Soif y el condenado tío Colombe. ¡Vaya tabernero más ladrón que ratea a los clientes! Ni que estuvieran en Bondy[3]. Pero, de pronto, hubo una zaragata, gritos, un estrépito de mesas volcadas. Era el tío Colombe que echaba a la calle a los parroquianos sin inmutarse, en un abrir y cerrar de ojos. Delante de la puerta, empezaron a gritarle, a llamarle granuja. Seguía lloviendo y soplaba un vientecillo glacial. Gervaise perdió a Coupeau, lo encontró y volvió a perderlo. Quería volver a casa, tanteaba las tiendas para reconocer el camino. Aquella repentina oscuridad la había desconcertado mucho. En la esquina de la calle Poissonniers, se sentó en el albañal creyendo que estaba en el lavadero. El agua que corría la trastornaba y la ponía enferma. Finalmente, llegó a la casa y pasó de prisa por delante de la portería, donde distinguió perfectamente a los Lorilleux y a los Poisson sentados a la mesa, poniendo cara de asco al verla en ese estado.

Nunca supo cómo logró subir los seis pisos. Una vez arriba, en el momento en que se metía por el pasillo, la pequeña Lalie, que oyó sus pasos, se le acercó con los brazos abiertos, con un gesto cariñoso, riendo y diciendo:


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