La taberna
La taberna —Señora Gervaise, mi padre no ha vuelto. Venga a ver cómo duermen mis niños… ¡Qué hermosos están!
Pero al reparar en el semblante embrutecido de la lavandera, retrocedió y se puso a temblar. Conocía aquel aliento aguardentoso, aquellos ojos pálidos, aquella boca convulsa. Gervaise continuó andando, dando traspiés, sin decir palabra, mientras la pequeña, de pie en el umbral de su puerta, la seguía con su mirada sombría, muda y grave.