La taberna
La taberna NANÁ crecía, se estaba haciendo una moza. A sus quince años, había dado un buen estirón, tenía las carnes muy blancas y estaba tan gorda y rechoncha que parecía una pelota. Sí, tenía quince años, la dentadura completa y no llevaba corsé. Un palmito de golfilla del color de la leche, una piel aterciopelada lo mismo que un melocotón, una nariz graciosa, una boca rosada y unos luceros brillantes en los que les hubiera gustado a los hombres encender sus pipas. Su mata de pelo rubio, del color de la avena fresca, parecía haberle echado polvo dorado sobre las sienes, unas pecas que la coronaban con un nimbo de sol. ¡Ah! una preciosa muñeca, como decían los Lorilleux, una mocosa a la que aún habría que limpiarle la nariz y que tenía el cuerpo lleno de redondeces y la fragancia madura de una mujer hecha.
Ahora Naná ya no se metía bolitas de papel en el corpiño. Le habían salido unos limones, un par de limones nuevecitos de satén blanco. Pero por eso no sentía vergüenza, habría querido que no le cupieran en los brazos, unas tetas de nodriza, así de ansiosa y desconsiderada es la juventud. Lo que la hacía más apetitosa era la mala costumbre que había cogido de sacar la punta de la lengua entre sus dientecillos blancos. Sin duda, mirándose así en los espejos, se había encontrado atractiva. De modo que se pasaba el día sacando la lengua para hacerse la interesante.