La taberna

La taberna

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—¡Esconde la sinhueso! —le gritaba su madre.

Y a veces era necesario que interviniera Coupeau, dando puñetazos y profiriendo maldiciones:

—¡Quieres dejar de enseñar ese trapo rojo!

Naná se hacía la coqueta. No se lavaba siempre los pies, pero usaba unos botines tan estrechos que sufría un verdadero calvario; y si le preguntaban por qué estaba tan amoratada, contestaba que le dolía la barriga, con tal de no reconocer su coquetería. Cuando faltaba la guita en casa, le resultaba difícil emperejilarse. Entonces hacía milagros, se traía cintas del taller, se arreglaba trajes, vestidos sucios que cubría de lazos y borlas. El verano era la estación de sus triunfos. Con un mismo vestido de percal de seis francos pasaba todos los domingos, llenaba el barrio de la Goutte-d’Or con su rubia belleza. Sí, era conocida desde las rondas hasta las fortificaciones, y desde la carretera de Clignancourt hasta la calle de la Chapelle. La llamaban «la pollita», porque tenía, verdaderamente, la carne tierna y la frescura de una polluela.



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