La taberna
La taberna Tenía sobre todo un vestido que le sentaba a las mil maravillas. Era blanco a lunares de color rosa, muy sencillo, sin adorno alguno. La falda, un poco corta, dejaba ver sus pies; las mangas, muy anchas y caídas, descubrían sus brazos hasta los codos; el escote del corpiño, que ella se abría sujetándolo con alfileres en forma de corazón, escondida en un rincón de la escalera para evitar las bofetadas de papá Coupeau, mostraba la nieve de su cuello y la sombra dorada de sus pechos. Y nada más, sólo una cinta rosa anudada alrededor de su rubia cabellera, una cinta cuyas puntas revoloteaban sobre su nuca. Tenía la frescura de un ramillete de flores. Olía bien, a juventud, a desnudez de niña y de mujer.