La taberna

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Los domingos fueron para ella, en esta época, días de encuentro con la multitud, con todos los hombres que pasaban y le echaban el ojo. Les esperaba durante toda la semana, enardecida por pequeños deseos, ahogándose, sintiendo la necesidad de respirar, de pasearse al sol, en medio del barullo de los arrabales endomingados. A primeras horas de la mañana se vestía, se pasaba horas en paños menores frente al trozo de espejo colgado encima de la cómoda; y, como toda la casa podía verla por la ventana, su madre le reñía y le decía que ya estaba bien de andar medio desnuda. Pero ella, impasible, se pegaba unos ricitos en la frente con agua azucarada, recosía los botones de sus botines o daba unas puntadas en su vestido, con las piernas desnudas, con la camisa que le caía por los hombros y con el pelo suelto. ¡Qué mona estaba así! decía papá Coupeau, riendo y bromeando; ¡una verdadera Magdalena! Habría podido hacer de mujer salvaje y exhibirse al público por diez céntimos. Coupeau le decía en voz alta: «¡Esconde tu carne para que pueda comerme el pan!». Estaba adorable, blanca y suave bajo la cascada de su rubia melena, sulfurándose tanto que su piel se sonrosaba, sin atreverse a contestar a su padre y rompiendo el hilo con los dientes, de un estirón seco y furioso que hacía estremecer su lozana desnudez.



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