La taberna
La taberna Luego, inmediatamente después de comer, se largaba, bajaba al patio. La cálida paz del domingo adormecía la casa; abajo, los talleres estaban cerrados; las viviendas bostezaban por sus ventanas abiertas y mostraban las mesas puestas ya para la cena, esperando a las familias que andaban por las fortificaciones para que se les fuera abriendo el apetito; una mujer del tercero aprovechaba el día para hacer la limpieza, corría la cama, apartaba los muebles, canturreaba durante horas la misma canción con voz dulce y plañidera. Y en aquel reposo de los oficios, en medio del patio vacío y sonoro, Naná, Pauline y otras zagalonas jugaban al volante. Eran cinco o seis, que se habían criado juntas y que se convertían en las reinas de la casa, repartiéndose las miradas de los señores. Cuando un hombre atravesaba el patio, se oían risas aflautadas y el frufrú de sus faldas almidonadas como un soplo de viento en torno a ellas, lucía el ambiente festivo, ardiente y pesado, como debilitado por la pereza y blanqueado por el polvo de los paseos.